Científicos e investigadores. Una reflexión contra la excelencia.

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Alguna vez me han preguntado por qué siempre distingo entre investigador y científico, y cual es la diferencia.

Hay una respuesta corta y rápida: Ser científico es una condición, una forma de vida. El científico lo es por cómo piensa, qué se pregunta y cómo interroga a la realidad. La Ciencia es una forma de gobernar el pensamiento, junto con una gran cantidad de conocimiento. Investigador hace referencia a la aplicación, a la parte práctica. A la acción de investigar. El investigador no tiene por qué ser un científico.

Entonces yo hago la siguiente reflexión, que espero sirva a los nuevos científicos que llegan a mi clase y comienzan en este mundo:
Actualmente, a lo largo de la carrera nos educan en la competición y nos inundan con el mito del talento, la excelencia y con la «orientación al logro» (digo actualmente, porque cuando yo estudié no había nada de eso: los profesores, salvo alguna excepción, eran meros autómatas que transmitían una información desde unos papeles amarillos por el uso curso tras curso y con quienes teníamos mínima interacción).

Constantemente estamos sometidos a lo que J. Krishnamurti llamaba la «violencia de la comparación«: el fracaso del otro como medida de mi propio logro. Hay que sacar mejor nota que el otro, hay que conseguir la beca antes que el otro, hay que publicar más artículos que el otro, hay que conseguir el contrato compitiendo con el otro; ser el primero en la clase, la oposición, el primero en publicar algo, etc.

Todos los seres humanos desean poder, riqueza, posición social. El deseo de poder se expresa de muchos modos: está en el profesor, la pareja, en un estudiante respecto de otro. Este deseo de posición dominante es una de las formas de agresividad del hombre. La agresividad y el sometimiento a ella pervierten toda relación a lo largo de la vida. El hombre ha aceptado esto como natural, con todos los conflictos y desdichas que conlleva. Básicamente, en ello se encuentra involucrada la medida -el más, el menos, lo mayor y lo menor- que en esencia implican comparación […]. Ello comienza casi al nacer y continúa a lo largo de la vida-este constante medir el poder, prestigio, riqueza. Esto se fomenta en las escuelas y universidades. Todo su sistema de calificar consiste en una evaluación comparativa. Cuando A es comparado con B, que es brillante, agresivo, inteligente, esa comparación misma destruye a A. Esta destrucción toma la forma de la competencia, la imitación y la conformación a los patrones establecidos por B. Ello engendra antagonismo, celos, ansiedad, miedo, y termina por volverse la condición en la que A vive el resto de su vida, siempre midiendo, siempre comparándose. Esta comparación es uno de los muchos aspectos de la violencia.

– Jiddu Krishnamurti. Cartas a las Escuelas.

El concepto de «excelencia» es distinto en el ámbito científico-académico a como entendemos la palabra en el lenguaje normal. Alguien «excelente» mostraba un conjunto de características mas o menos relativas. Cuando decimos «es una excelente persona», es obvio que es algo relativo al resto de personas. Si decimos que alguien es un «excelente fontanero», claramente, en su profesión, muestra un conjunto de capacidades que nos hace preferirle a otros fontaneros. Pero, pensemos en alguien que es una «excelente persona». ¿cómo cuantificamos eso? ¿haríamos un ranking? ¿cual es la persona más excelente que conoces?. ¿Cómo cuantificamos la excelencia de un fontanero? ¿por el número de obras al año? ¿por las buenas referencias? ¿por la relación calidad-precio?. Seguramente sea difícil medir esa excelencia, incluso para algo aparentemente objetivo, que es cómo trabaja un profesional. Al final es un conjunto de factores muchas veces subjetivos o relativos. Si esto es difícil, ¿vamos un paso más allá y, después de implementar una medida de la excelencia, impedimos que los fontaneros que no la alcancen puedan trabajar?

Nos educan no sólo para cuantificar y valorar el «logro» o el «éxito», la «consecución de objetivos y la excelencia» y en «ser el primero» por encima de todo, sino en la aceptación del sacrificio como algo deseable. Vivimos en una especie de culto al sufrimiento. Se asocia el sufrimiento con ese logro y el disfrute con culpabilidad o pérdida de tiempo. Los investigadores aceptan el sacrificio como parte del trabajo y lo imponen a los más jóvenes. «tienes que ir al extranjero (no por que desees aprender allí, sino como imposición de carrera o para ser mejor que el otro)», «es muy difícil ser investigador y tener familia» «tienes que sacrificar relaciones personales» «tienes que dedicar todo tu tiempo a tu trabajo sin descanso» «si eres investigador, prepárate para pasar penurias económicas y precariedad» «no tengas hijos hasta los 45» «como yo lo pasé mal/trabajé gratis/tuve que exiliarme, tu también debes pasarlo mal/etc.». Hemos llegado a la aberrante asociación «ser investigador» = «sufrir» que aceptamos como algo normal, como parte de la profesión.

Como quien va al gimnasio y asocia el dolor, las agujetas y el cansancio con el avance en sus objetivos. «Cómo me he machacado» dicen. En todo momento se usa una terminología bélica: «hay que luchar por…». Muchas veces pienso en éste perverso pensamiento y recuerdo a mi maestro de Aikido, que no toleraba en el Dojo ninguna expresión de agresividad, dominio, superioridad y ego. Disciplinas como el Aikido o el Yoga nos muestran que la asociación tóxica de dolor y sufrimiento con logro debe terminar: a través de ellas fortalecemos el cuerpo y la mente, mantenemos un cuerpo saludable y mejoramos en el estudio, sin necesidad de competir, ni de sufrir, y llevando una práctica vibrante y agradable con, esencialmente, buenas sensaciones.

En el momento en que te intereses por cuales son «buenos» y cuales «malos» entre tus compañeros, estas abriendo una apertura en tu corazón por donde entrará la malicia. Poner a prueba, competir y criticar a otros te debilita y finalmente te derrota

O-Sensei Morihei Ueshiba

Nos intentan hacer creer que vivimos en una confrontación constante con nuestros compañeros y con nosotros mismos, como seres imperfectos en constante test y prueba, intentando mejorarse y ser mejores que otros. Sea lo que sea que signifique eso. Nos presionan para ser «primero», para ser «antes que», en definitiva, para valorar nuestro éxito en la medida del fracaso que perciben los que están en la lista o el ranking tras nosotros.
Durante todo el tiempo nos lavan el cerebro con términos como «resiliencia», «talento» y «excelencia». Estas tres palabras, indicadores claros de que estamos ante un idiota postmoderno, deberían hacernos saltar las alarmas: «resiliencia» es la capacidad para recuperarse de una agresión o perturbación. ¿debemos prepararnos entonces para ser maltratados?. Si alguien os pide «resiliencia» como cualidad para un trabajo, tened por seguro que os van a tratar mal.

Pero vamos a revelar una parte importante del engaño: «talento» y «excelencia» son los términos usados por burócratas y políticos para justificar la explotación, la competición, la falta de oportunidades y financiación y la falta de derechos. «Sólo concedemos X contratos o proyectos, porque estamos fomentando la excelencia y el talento», cuando en realidad quieren decir «Sólo concedemos X contratos porque no queremos invertir más en Ciencia, os haremos creer que nos basamos en la excelencia, sea lo que sea eso, pero solo vamos a financiar lo que queremos/creemos conveniente/a quien hemos financiado ya previamente y ha tenido resultados (el efecto Mateo)».
Cuando en una convocatoria de proyectos o contratos incluyen la palabra «excelencia», sólo os están diciendo que hay un pedazo de pastel muy pequeño y esperan que los comensales peleen como perros rabiosos por él. Son un engaño, como toda la cultura del talento. Palabrería que crea un ambiente tóxico, lleva a la infelicidad, la frustración y la decepción. Y la frustración o la aceptación del propio fracaso lleva a la desmotivación y a acumular más fracaso según los parámetros de quienes nos están aplicando sus medidas de excelencia. En el momento en el que aceptamos el fracaso, dejamos de esforzarnos. «¿para qué?» es una pregunta habitual, «si no voy a conseguir esa plaza o proyecto».

Estos sentimientos negativos abundan en los jóvenes científicos y son contrarios a los que deben tenerse al hacer Ciencia: el ambiente en un laboratorio debe ser relajado y motivador. La exploración de la Naturaleza es y debe ser gozosa, no debe ser una fuente de sufrimiento o estrés.
Un científico no está interesado en competir, en lograr, en el «talento». Hacemos ciencia porque con ella aprendemos cosas, tenemos experiencias interesantes, vemos la Naturaleza bajo otros ojos y, en definitiva, tenemos una vivencia. No importa lo inteligente que seas, ni tu talento, sea lo que sea eso. La Ciencia es una forma de manejar nuestro pensamiento y enfrentarnos a la realidad. La Ciencia es un modo de relacionarnos con el mundo. Es exploración, aprender y enseñar. Descubrir y transmitir. Parafraseando a Karl Popper, la Ciencia nos interesa porque queremos saber algo del enigma del mundo en que vivimos y del otro enigma del conocimiento humano de este mundo.

Un científico intenta dominar el arte de aprender y, los que tienen la suerte de ser al mismo tiempo científicos y profesores de ciencias, tienen la doble tarea de practicar el arte de aprender y el arte de enseñar.

Pero daré a conocer lo poco que he aprendido para que alguien mejor que yo pueda atisbar la verdad y, en su obra, pueda probar y criticar mi error. Así, me regocijaré a pesar de todo de haber sido un medio a través del cual salga a la luz la verdad.

Alberto Durero


Un investigador os hablará de cuantos «papers» publica y sus cuartiles, cuantos fondos y proyectos consigue, de sus logros, de su talento, de líderes y liderar (otra palabreja postmoderna de moda), de la cantidad de charlas que da y de los sitios y colegas prestigiosos con los que se codea. Vivirá observando baremos, índices de impacto, métricas y rankings. Un investigador no desea el error, porque, durante toda nuestra enseñanza, se nos enseña a temer y odiar el error. A ridiculizar o castigar a quien se equivoca. Un investigador buscará destacar sobre el otro, y aprovechará cualquier posibilidad de promocionarse. Es a lo que nos han enseñado y forma parte del trabajo del investigador científico actual.

Durante la celebración del sexagesimo aniversario de Max Planck, en 1918, Einstein dijo que en el templo de la ciencia hay tres tipos de personas. Muchas se dedican a la ciencia en razón del goce de su poder intelectual superior; para ellos, la investigación es una especie de deporte que satisface su ambición personal. Una segunda clase de investigadores se dedica a la ciencia para conseguir fines exclusivamente utilitarios. Pero, en lo que respecta a la tercera: si el ángel del Señor viniera y sacara del templo a todas las personas que pertenecen a esas dos categorías, quedarían unas pocas personas, entre ellas Planck, y ésta es la razón por la que lo queremos.

Edward O. Wilson. Consiliencia o la unidad del conocimiento

Un científico mas bien os hablará de las cosas que ha visto y aprendido; cuando habla de publicaciones, explica lo que ha publicado, no de dónde lo ha hecho o cuanto ha publicado, o de su impacto; habla de lo que ha experimentado, lo que observa, sus ideas, lo que le ha fascinado en su exploración de la vida y la naturaleza. No le interesará dónde has publicado o con quién trabajas, o si has estado en un centro extranjero de nombre sonoro, sino qué te apasiona, qué preguntas e ideas tienes y qué opinas. Un científico abraza el error, porque el error, que puede saber amargo, madura en el delicioso fruto de la Ciencia y el aprendizaje.

La Ciencia se ha construido sobre la refutación de ideas previas. En el momento en el que el investigador trabaja en la Ciencia en un ambiente de violencia y confrontación, como ocurre en cualquier batalla, un error puede ser fatal. Así, es fácil ver que la construcción y el trabajo de la Ciencia no es compatible con los sentimientos de estrés, competitividad, frustración y miedo al fracaso a los que se someten a los científicos. En el momento en que eres científico (no investigador), no existe el fracaso; existen, mas bien, resultados negativos, refutación de tus ideas previas, resultados que no puedes interpretar y limitaciones, falacias y paradojas cognitivas. Todos estos factores son tan importantes o más para la Ciencia que la verificación de una conjetura o teoría. Es importante por ello, que el científico deje de lado el orgullo y acepte con humildad su verdadera posición de observador y transmisor de conocimiento. Naturalmente, «científico» e «investigador» no son dos categorías absolutas y separadas. Podríamos decir, si acaso, que «investigador» es el trabajo y «científico» una condición, una forma de vida. Todos navegamos entre las dos aguas, salvo excepciones (investigadores que son meros trabajadores y tienen poco de científico y, mas raramente, científicos idealistas empeñados en alejarse de la realidad). A mi me parece, a veces, complicado encontrar el equilibrio.

Quienes os digan que hay que competir, que todo esto que digo es incompatible con tener objetivos, con el esfuerzo, con tener resultados y eso que llaman «éxito», sólo os están engañando o manipulando. Se puede ser un científico y tener disciplina, marcarse objetivos o realizar un gran esfuerzo. La diferencia es que éste esfuerzo no estará motivado por la competitividad, por el miedo al fracaso o por la búsqueda del logro, sea cual se este (ya sea salvar a la humanidad, publicar con alto índice de impacto o satisfacer el placer de recibir elogios), sino motivado por la búsqueda del aprendizaje, por comprender un poquito más un pequeño aspecto de la realidad, por responder y/o plantear preguntas; y también, por qué no, realiza un gran esfuerzo por el pundonor del trabajo bien hecho, por el arte, digamos. Para el científico no hay ciencia pequeña o irrelevante. El investigador desea el impacto, porque le aportará fama y prestigio. Para el científico, toda la ciencia es necesaria e importante. Un dato que aportas puede que no cambie ningún paradigma, pero dentro de 5, 10 o 20 años puede ser el factor clave de un gran descubrimiento. Hay muchos ejemplos de ello, y los profesores deberían hacer hincapié en esa «ciencia pequeña» tan importante. La calidad de la ciencia no se mide con su impacto o según dónde se publica, sino según el modo en que ha sido realizada, según su técnica y discusión y según la veracidad y honestidad de su resultado, da igual si es un «pequeño resultado» o no. Es la velocidad y el simplismo de la sociedad moderna lo que lleva a juzgar la calidad de un resultado científico por el título de la revista en que se publica o según cuanto se cite en los medios.

Eso se aplica a cualquier Ciencia: saber un poco más del mundo en que hemos vivido y el universo del que formamos parte.

Según todos estos factores, un investigador quizá pueda ser mejor que otro. No lo se. Quizá podamos inventar métricas y rankings para decidir artificialmente quien es absolutamente mejor o peor investigador en base a una métrica relativa. Igual que las notas de clase: ¿será mejor biólogo molecular quien haya sacado matrícula en la asignatura de biología molecular?. Igual, simplemente, en esa métrica particular obtuvo un valor mas alto, pero, ¿es mejor o peor? ¿en qué y en base a qué? Igual fue pura casualidad. Igual es un desastre en el laboratorio. O igual no.
Tratar de decidir quién es mejor o peor científico es tan ridículo como observar un parque en el que juegan grupos de niños y tratar de hacer un ranking de los que mejor juegan. «Juanito ha subido al tobogán un 20% más que Carlitos». «Anita sube más arriba en el columpio que el 75% restante de los niños». ¿no os suena ridículo?.

Determina cual de estos niños juega «mejor» y luego establece un ranking de «excelencia». A quien esté el último, no le dejes jugar en el parque. ¿podríamos hacer algo así? ¿cómo?. Con la Ciencia ocurre algo similar.


Podemos intentarlo, claro, pero ellos estarán ajenos a ello, y, si intentamos que entren en nuestro juego de rankings (dando de merendar o un juguete, o permitiendo jugar en el parque sólo al primer cuartil en el número de veces que suban a lo más alto de determinado columpio), solo lograremos arruinar su tiempo de juegos, desmoralizarles y convertir el parque en un campo de batalla. He visto, a lo largo de mi carrera, personas moralmente deshechas por su trabajo como investigadores. Personas inteligentes y con muchas ideas y pasión abandonando la Ciencia. He visto agresiones e intentos de asesinato. Suicidios. Yo mismo he sufrido estrés y depresión causada por mi trabajo. Esto es lo que provocan aquellos que hablan de «talento», «excelencia», «resiliencia», «competitividad», etc. ¿es esto lo que queremos para nosotros, nuestros alumnos y compañeros? ¿donde queda, en éste ambiente de «competitividad por la excelencia» la amabilidad y la bondad?

La bondad solo florece en libertad. No puede hacerlo en el suelo de la coacción bajo ninguna de sus formas, ni bajo compulsión, ni es el resultado de la búsqueda de recompensas. No puede existir cuando hay temor.

Jiddu Krishnamurti

Alguien podría decirnos, «es el sistema». Que no os mientan: el sistema lo hacen personas como vosotros y yo. En nuestra mano está cómo queremos que sea. Podéis enfocar vuestra carrera de dos formas: como un investigador que quiere ser el primero o como un científico que quiere descubrir. En ambos casos haréis básicamente lo mismo (mucho trabajo, burocracia, participar en concursos por plazas y proyectos, intentar publicar papers lo mejor posible…etc.) La diferencia es que, en el primer caso, es muy probable que viváis una vida de frustración, de estar pendientes de rankings y baremos, de lo que hacen otros, de alimentar el ego, de sufrir y hacer infelices a otros. En el segundo caso es posible que lo paséis mal a veces, que sea difícil, que os disgustéis. Pero siempre encontraréis gozo, motivaciones y alegrías. En el primer caso viviréis pensando en el fracaso, en el segundo caso no hay fracaso ni éxito, simplemente viviréis una vida gozosa como científicos, independientemente de dónde estéis en el ranking. Y, recordad algo muy importante: en el mundo de la Ciencia casi todo el mundo es inteligente, y «excelente». Si queréis marcar la diferencia, sed amables, humildes y generosos. Sed científicos, no investigadores.

Los actores se ponen maquillaje y representan la belleza y la fealdad; pero cuando se termina la obra, ¿Dónde están la belleza y fealdad?. Los jugadores de ajedrez compiten por ser los primeros e intentan aventajarse unos a otros en sus movimientos; pero cuando se acaba el juego y se retiran las piezas, ¿Dónde queda entonces la competición?

 Hong Zicheng. Caigentan

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